
I.- Andalucía por sí
Andalucía es una memoria colectiva. Y son las memorias colectivas las unidades embrionarias que legitiman las comunidades políticas. En consecuencia, Andalucía está plenamente legitimada para ser una comunidad política si así lo quiere, así lo expresa y así se le reconoce. Siempre lo fue. Y hoy lo es sin duda alguna. Primero, porque manifestó su voluntad en este sentido, de manera legal y legítima, en dos momentos claves de su historia reciente: el 4 de diciembre de 1977 y el 28 de febrero de 1980. Y segundo, porque obtuvo el reconocimiento jurídico a su postulación política en calidad de “comunidad autónoma” con el mismo rango competencial que las denominadas constitucionalmente “históricas”. Ello supone la definitiva confirmación tanto de su principio legitimador (memoria colectiva) como de su reconocimiento jurídico-político (comunidad autónoma). En suma, Andalucía es hoy una comunidad histórica dotada de una enorme autonomía con respecto al gobierno central dentro del Estado español. Formalmente, al menos. Materialmente, no.
¡Libertad, Amnistía y Estatuto de Autonomía! ¡Ay qué bonica verla en el aire, quitando penas quitando hambre! ¡Entrañas mías, cómo me duelen en el alma las cosas de Andalucía! Estos y otros alegatos populares constituyen auténticos tratados de sociología que radiografían a la perfección el pensar y el sentir andaluz en ese período de postulación política. Tras la muerte del dictador y el advenimiento de la democracia, Andalucía encontró en la reivindicación autonomista la esperanza que necesitaba para solventar sus enormes problemas de subdesarrollo. La carencia de libertades y el centralismo estatal se asumieron socialmente como las culpables del atraso andaluz. De ahí que la proclama autonomista no se fundara en disputas políticas o agravios comparativos con otros territorios más desarrollados del Estado, sino más bien en un paradigma de crecimiento y oportunidades, especialmente en los destinos tradicionales de emigración andaluza que también prestaron su apoyo incondicional a la causa. Andalucía no quería ser más que nadie, pero tampoco menos que ninguna. Y la conciencia de pertenencia a una comunidad dentro del Estado, unida a la reclamación de autonomía política respecto de éste, se creyeron entonces las soluciones para conseguirlo. Y se consiguió. Lo conseguimos: Andalucía fue la única comunidad autónoma en alcanzar por sí misma el rango constitucional de las denominadas históricas.
Treinta años después de esta hazaña democrática, aquellas reivindicaciones que se tenían como solución hoy se aprecian equivocadamente como problema. A pesar de los incuestionables avances producidos en este tiempo, Andalucía ocupa los últimos lugares en paro, educación, industrialización o PIB del Estado y Europa. De entre todos los problemas, es el desempleo es el cáncer diferencial de Andalucía. Uno de cada tres andaluces no tiene trabajo. Si contamos a los andaluces y andaluzas que viven fuera de nuestra comunidad, seríamos casi la cuarta parte de los parados del Estado. Más de la mitad de nuestros jóvenes no ven más luz que la emigración que ya hicieron sus padres o abuelos. Casi medio millón de andaluces carecen de cualquier clase de ingreso… La situación es alarmante. Mucho más cuando una corriente política y de opinión vincula estas cifras al fracaso del modelo autonomista en España. Y es mentira. Radicalmente mentira.
Treinta años después de aquella hazaña democrática, la sociedad andaluza se siente hoy menos comunidad y menos autónoma que entonces: aplastada políticamente por el debate estatal; económicamente, desmantelada y dependiente. La misma realidad de entonces pero con las sensaciones opuestas. Andalucía, reconocida formalmente como sujeto político, ha desaparecido del subconsciente colectivo. No existe. La consolidación del bipartidismo y la tendencia centralista son la prueba. A casi nadie le duele Andalucía. Y para muchos su bandera no quita penas: las provoca. Ahí está el error. Porque cada vez que se acentúa el centralismo y la carencia de democracia, Andalucía es la primera y la peor en caer. No es victimismo: es verdad. Son los mismos gritos y las mismas soluciones de entonces porque se reproducen los mismos silencios y los mismos males. De ahí que la única reivindicación posible sea “Más democracia y Más Andalucía”.
II.- Andalucía para la Humanidad
Tampoco ha colaborado el contexto globalizador en el arraigo del hecho diferencial andaluz. De hecho, Andalucía ha tomado lo peor de la crisis de la mundialización, colocándose entre los más afectados por las desigualdades en el primer mundo y quienes más las acentúan con respecto al resto. Hasta geográficamente ocupa ese lugar. La diversidad difusa o aparente de esta postmodernidad globalizada también nos ha hecho más parecidos. Nuestra memoria colectiva ha enfermado gravemente de homogeneidad.
Sin embargo, son precisamente los conceptos de comunidad y de autonomía los que corrigen estos males a nivel estatal y planetario: de un lado, la inexistencia de sujetos intermedios entre el individuo y la humanidad; de otro, la inutilidad por dependientes de los Estados-Nación en la toma de decisiones político-económicas. Y ambas reclamaciones deben sustentarse en los valores de la diversidad, libertad y democracia, esencia de nuestra memoria colectiva.
El sistema global no funciona: los mercados no se autorregulan (y por tanto caen en abusos); ni se autoequilibran (y producen burbujas inmobiliarias y financieras); ni desde luego se autolegitiman. Las instituciones de gobierno global que tenemos desde hace más de seis décadas no sirven para el mundo de hoy. El riesgo global aumenta en forma de crisis financiera, crisis ambiental, pérdida de la capacidad democrática de decisión de los Estados, homogenización cultural y mercantilización de la sociedad, aumento de la desigualdad relativa, social y territorial, y amenazas al Estado social.
Los Estados son demasiado pequeños para las grandes decisiones, y demasiado grandes para las decisiones pequeñas. Por eso las memorias colectivas son la solución. La soberanía energética y alimentaria. La relocalización de la economía y la política. Estas son las claves del Andalucismo del Siglo XXI. Las mismas de siempre: Tierra y Libertad.
Tierra. El siglo XXI será verde como el tallo de los jazmines. Verde esperanza. Tierra como expresión integradora de la ecología y la memoria. Del espacio y del tiempo. De los recursos naturales y culturales. Del cuerpo del planeta y del alma de la Humanidad. Las víctimas de la primera globalización basada en el consumismo ecocida y culturicida.
Muchos hemos tomado conciencia de la destrucción física del espacio mientras celebramos su destrucción virtual. Y enviamos desde el móvil a un amigo americano la foto de una manifestación en Madrid contra la deforestación del Amazonas, mientras nos comemos una tortilla de patatas chilenas, huevos marroquíes y cebollas chinas, comprada en una cadena sin competencia local porque no asume los costes medioambientales y avasalla con los laborales. La misma depredación padece el tiempo contenido en la memoria colectiva de los pueblos. Sólo existe el ahora, sin ayer ni mañana. El proceso homogeneizador instaurado para favorecer la expansión consumista es maquiavélicamente sutil y consentido por las masas. Sirva como metáfora cualquier sesión plenaria de la ONU donde casi todos visten con americana y corbata. La aldea global es una ficción política sobre un sustrato cada vez más homogéneo, diseñado para eliminar los espacios intermedios entre el yo y la Humanidad fundados en la memoria colectiva. Los centros de poder están deslocalizados en una economía global. Por eso debemos pensar y actuar “glocalmente”, relocalizando la economía y la política.
Libertad. El siglo XXI será blanco como la flor de los jazmines. Blanca paz. Libertad como expresión integradora de democracia e identidad. Las revoluciones pacíficas del África mediterránea son un ejemplo para Occidente de universalización desde lo diverso. De reivindicación de los derechos humanos que nos igualan, sin renunciar a las culturas que nos diferencian. El ser humano es un punto atravesado por miles de rectas identitarias (de género, religiosas, étnicas…). Pero sólo una lo vincula al espacio y al tiempo: la memoria colectiva. El individuo debe elegir su identidad libremente. Y no hay libertad de elección cuando se amputa el nosotros de la memoria colectiva. O cuando queda sepultada bajo el bombardeo incesante de otros contextos geopolíticos. Así, por ejemplo, quien crítica el “nacionalismo” (como ideología diversalista e incluyente) no se da cuenta que lo hace desde el nacionalismo (estatal), discriminador y excluyente, al que no cuestiona porque ni siquiera ve. La misma indolencia con la que Occidente desprecia a quien defiende los derechos de las minorías, el pluralismo político o la democracia directa.
El siglo XXI será el de la lucha pacífica y universal por la tierra y la libertad. Estas cuatro reivindicaciones constituyen la esencia revolucionaria del himno de Andalucía. Todo el pensamiento alterglobalizador de vanguardia se sintetiza en la salve laica de Blas Infante. Ahora sólo nos queda abrir los ojos y darnos cuenta.